Carta al año 1999
“Donde hay dolor, habrá canciones (...) Bebamos de las copas más lindas que tenemos hoy”.
Para el balance general de este año, que da fin a su vez al milenio, intentaré dejar de lado la solemnidad y las palabras elocuentes que suelo usar, buscando decir esto de la manera más precisa y acotada posible: éste ha sido un año de mierda.
En el top de las situaciones más estresantes de la vida según la escala de Holmes y Rahe se encuentran, entre otras, la mudanza, el divorcio y las lesiones. Me han sucedido las tres mencionadas en un lapso de tan solo cinco meses, lo que aceleró y profundizó cada escena de mi vida en esta última centena de días.
Un cóctel que mezcla los dolores físicos con los emocionales, los traumas viejos con los nuevos, la superposición de turnos médicos con fiestas de cumpleaños y esa sensación de que nadie entiende por lo que uno está pasando: la soledad aún rodeado de gente.
Escribir esto en caliente ayuda a aumentar el dramatismo literario con el que intento identificarme, pero soy consciente de que nada nunca es completamente malo. Para separarse tuvo que haber una relación, para mudarse existieron antes un proyecto y un plan futuro, para lesionarse hubieron semanas de entrenamiento con un objetivo.
Cada proceso vivido me trajo hasta este nuevo fin de año que, plagado de vivencias, me permitirá escribir detalladamente algunas de ellas más adelante.
Aún así, son las experiencias traumáticas las que hacen ponerlo a uno a escupir palabras entre acordes. Son los divorcios los que hacen que el corazón roto termine de desangrarse sobre el papel, como también son las lesiones las que fortalecen los huesos y las mudanzas las que nos obligan a deshacernos de aquello que ocupa lugar en el armario y no deja entrar lo nuevo.
Ayer recibí las fotos de los rollos que mandé a revelar, que fueron tomadas en la algarabía de este año tan movido como incierto. Fotos en el hospital el día del accidente, con mi familia en el cumpleaños de Diego, el fin de semana en la quinta en San Miguel, las fotos posando como turista visitando microcentro. Algunas con amigos, unas pocas solo, la última foto en la casa vieja repleta de cajas, la primera foto en la casa nueva haciendo la cama por primera vez. En muchas de ellas aparece mi ex, con su sonrisa pícara que esconde cosas que prefiero no saber.
Y sentado junto a la sabiduría del dolor, este año también aprendí muchas cosas. Revalidé la amistad como una fuente inagotable de vida, de donde brota un agua pura, que no pide nada a cambio y que trasciende los silencios. Aprendí que aunque el amor es ciego, es el dolor lo que nos quita el velo y nos abre los ojos, pero no pregunta cuándo, dónde, ni cómo. Y por sobre todas las cosas, aprendí que es imposible negarse a uno mismo, a nuestras propias formas y a nuestros impulsos. Este arma de doble filo estará siempre dentro de cada uno, resaltando en cada fortaleza y haciéndonos sentir vergüenza en cada miseria. Es lo inevitable que cada uno lleva en el inconsciente y se manifestará cada día en mayor o menor medida.
Vuelvo entonces a la conclusión que dicté en el primer párrafo y con una mezcla de optimismo y esoterismo totalmente ajenos a mi persona, pienso: quizás pisar un poco de mierda este año me traiga suerte para el próximo, un año de dígitos nuevos.
